El libro, sin feria: revivir y morir al tiempo

Es fácil, exige poder leer y solo depende de una vela o de un bombillo si la luz es baja o es de noche. El libro, la sangre en las venas de la cultura, ha conservado y diseminado conocimientos por siglos. Ha registrado la expresión artística y documental de la humanidad, su virtud, su espejo crítico, su interpretación, su imaginación y su memoria. Esas cualidades lo han hecho esencial por siglos, pero en Colombia, un país poco lector que responde a tendencias más que a costumbres, no parecen haber calado de manera masiva. Por eso, John Naranjo, director editorial de la editorial independiente Rey Naranjo, asemeja a los emprendimientos independientes que viven por y para los libros a salmones que nadan siempre contra la corriente.



Esa corriente, que en condiciones normales les va en contra a esos salmones, se ha convertido en un tsunami avasallador por cuenta del encierro por la pandemia, que ha llevado a cancelar el evento más grande del país relacionado con el libro: la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Su desarrollo es esencial para el ecosistema editorial colombiano y en sus dos ediciones recientes ha congregado a más de un millón de personas, con un récord de 605.000 asistentes en 2019.

En esos días de fin de abril y comienzo de mayo, Bogotá reúne en dicho evento a autores, creadores y pensadores, y a cientos de miles de potenciales nuevos lectores que usualmente no van a las librerías pero en la feria se dan una oportunidad. Por eso, Naranjo enfatiza en que esa cancelación es un golpe durísimo para él y otros gestores culturales: “Para los editores independientes era un flujo de caja que difícilmente se puede recuperar. Nos quedamos con novedades en la bodega y con libros en la imprenta. La crisis de las librerías va a ser un castillo de naipes por donde van a resbalar los editores medianos y pequeños. Con la cuarentena, llevamos un mes sin ingresos, y estamos respondiendo por nóminas y arriendos. Es una situación que no podemos solventar por mucho tiempo”.

En el escenario optimista, en el que en mayo las librerías puedan volver a abrir, las editoriales grandes, Planeta y Random House, perderán inversiones y quedarán debilitadas, pero seguirán la marcha. Las medianas y pequeñas están en vilo, sin ingresos y respondiendo por nóminas y arriendos sin colchón alguno. Por eso, en un escenario oscuro en el que el sector perderá mínimo 50 por ciento de sus ganancias anuales, resulta tan paradójico que, tan cerca de ver a editoriales y a librerías cerrando sus puertas, la gente voltee a ver a su biblioteca, a revaluar sus libros, a darle el chance a algunos que tenía pendientes.

Sobre ese efecto, Naranjo explica que “la conexión con nuestros libros no es coyuntural, es humana; no se pierde”. No solo no se pierde. Se comparte. En redes y en eventos la llama se mantiene encendida. El lanzamiento virtual del libro Salvar el fuego, de Guillermo Arriaga, alcanzó más de 120.000 visitas.

Enrique González Villa, presidente ejecutivo de la Cámara Colombiana del Libro (CCL), tiene claro cuánto esperaban vender en la feria, es decir, cuánto se perdió: 27.000 millones de pesos. Una cifra conservadora si se considera que es levemente más alta de lo que vendió en 2019. Para las editoriales el golpe es múltiple, pues no solo pierden esa venta de la feria; también el impulso que dan durante el resto del año los autores que vienen, visitan, dan entrevistas y conferencias. González explica la necesidad –aún no abordada– de “incentivos reales para que no pierdan el pago de la nómina, por ejemplo. Para que no haya que despedir libreros ya formados, para ver cómo sobrevivimos con ese patrimonio cultural que son las librerías”.

Esa dependencia en la feria y en la época navideña evidencian la fragilidad del mercado del libro en Colombia. En su momento de mayor retorno quedó totalmente desnudo: “Nos cogieron con todo el capital invertido en producción de libros, en traída de escritores, en presentaciones, sin poder vender”, dice González. Explica, además, que Corferias será un hospital y eso sumará a la incertidumbre sobre cuándo podría acoger el evento.

Enrique González Villa, presidente de la Cámara Colombiana del Libro, estima las pérdidas de ventas en libros por la cancelación de la feria en 27.000 millones de pesos.

González menciona que el sector también puja para conseguir que el libro sea considerado un artículo de primera necesidad, lo cual le abriría una posibilidad de distribución (por mensajería, para empezar). El debate entonces radica en si un libro termina siendo equiparable al alimento, a la medicina. En algunos países, como Alemania, las librerías están abiertas, el libro circula y es llevado hasta las casas.

Para Naranjo, es producto de algo sistemático, pues “las autoridades no han entendido que leer es un hábito que se construye desde la primera infancia, en el que los principales animadores son los padres. Una familia que no tiene el hábito de la lectura, no lo va a tener ahora con libros digitales”, que, aclara, corresponden al 0,05 por ciento de sus ingresos. Por eso, más allá del optimismo con el que él y sus colegas teletrabajan, dependen de medidas. En una situación de calamidad de salud, Naranjo considera que el Estado tendría que comprometerse a responder por nóminas e incapacidades médicas y, en “un tema directo del sector, las compras públicas que llevará a cabo deberían privilegiar el libro colombiano”.